miércoles, 9 de agosto de 2017

Buñuel profundo

La memoria y los recuerdos arrancados de cuajo.

PRIMER TEXTO.                                                  
El camino lo vamos a hacer levantando los recuerdos que han sido acabados y enterrados desde aquel verano de 1936, en el que nos gobiernan: la brutalidad y la barbarie, la necedad y la petulancia, la ignorancia y el sectarismo.
Este recorrido que haremos esta tarde, es una senda entre los recuerdos y  la Memoria de un pueblo que, como veremos, han siendo borrados a merced de la cobardía y de la canalla.
Estos elementos del absurdo humano han llegado a fabricar la cobardía de todo un pueblo ¡que hoy con su presencia…! queda bien representada en esta manifestación de recuerdo y memoria.
Canalla que ha construido la incapacidad de que todas las gentes podamos  mirarnos dignamente en el espejo de la historia.
Paradójicamente, en este andar, no vamos a poder ver las huellas de la historia que nos dejó la vida de las gentes de este pueblo. Haciendo y deshaciendo, yendo y viniendo, diciendo y callando.
Las huellas las han derruido con todos sus recuerdos dentro.
No veremos ni gentes siquiera.
Huellas que han sido borradas para que el mundo tenga conciencia de que este pueblo, antes de que ellos llegaran… no era nada.
¡Aquí no había nada! y si había algo: no merecía la pena cuidarlo. Antes de la limpieza y escarda del Glorioso movimiento nacional, Antes de la entronización del Sagrado corazón de Jesús,
Entonces asesinaron y truncaron cientos de vidas y de familias.
Quisieron borrar una parte de la historia… para impedir el futuro.
Para esconder y calmar sus culpas.
Para justificar sus delirios de grandeza cristiana.
Para salvar al mundo del pecado.
Entre paso y paso, entre parada y parada, entre todas las palabras que nos podamos decir y los sentimientos que nos podamos expresar, entre el recogimiento y el arrebato, vamos a recordar  aquellas veintiséis personas que asesinaron tal noche como esta, y a las cincuenta y dos asesinadas en aquel verano de 1936.
Vamos a denunciar tantos silencios, y tanta mentira cuando dicen.

SEGUNDO TEXTO.                                              
Hoy es 26 de agosto, tal día como hoy, hace 81 años en estas calles por las que vamos a caminar, hubo una cacería  de hombres inocentes, de casa en casa, que en unas horas, al amanecer, acabó con veintiséis de ellos acribillados y asesinados, tirados sus cuerpos  en el Campo de Borja.
Este es el esquema del recorrido del acto de esta tarde:
Salimos en este punto desde el que seguramente se conformó el pueblo como un asiento humano definitivo.
Fue antes de la conquista, hace más de quinientos años.
Es el comienzo de un pueblo que camina hacia el río en donde se halla la fuente de su vida y que desde la iglesia, el cementerio y  unas escasas casas altas, tímidamente se defiende de quien llega.
Aquí estaba el Trinquete.
Luego andaremos hasta la Plaza de los Fueros donde quedaba El Hospital de San Juan. De la plaza, por la calle del Ayuntamiento, sin llegar a ver el final con nuestros pasos, caminaremos por una de las calles más antiguas del pueblo. Pasaremos por el Hospital de peregrinos y llegaremos hasta  el  Hospital Municipal que se asentó hace cien años sujetando una torre campanario.
En este caminar, nos vamos a encontrar con ese punto en el que confluyen: el pueblo, la senda del rio Ebro y el Cabezo del fraile. Allí explicaremos la gran necedad histórica y ecológica que para el entorno en el que vivimos, significó volar Los Pedretes.
Todos estos testigos de la memoria de este pueblo han sido derruidos y hechos desaparecer por una mano necia.
En su lugar ya no queda más que la ilusión de lo que fueron.
En la querencia emocional de algunas personas si acaso: nos que da una tapia con una puerta de hierro galvanizado.
Para acabar el camino llegaremos hasta la puerta del cementerio y nos pondremos en la esquina que sirvió de paredón en aquella noche del 26 de agosto de 1936.
En esa pared asesinaron a Lucio y a Valentín.
Esta pared con la huellas de la balas y la cruz indestructible, en honor a los caídos, aquella por la que también pasaremos al principio del recorrido y que jalona la entrada a la iglesia, son los únicos símbolos que se muestran orgullosos en este pueblo.

TERCER TEXTO.                                                  
Empezaremos el camino en este mismo punto en el que nos hemos convocado y reunido. Un hito de la historia de nuestro pueblo con el que le han proporcionado un tajo de muerte hace unos días.
Aquí estaba El Trinquete.
Para la gente del pueblo era el lugar de encuentro en las horas de ocio en esos días de asueto y festivos. Días de holganza cuando los vecinos hacían común del común, al margen de las misas y rosarios, rogativas y procesiones. Durante generaciones entre las paredes más altas del pueblo fue el sitio propio en el que mirar y entender la vida, con unos ratos de contento y regocijo.
Aquí, desde ese mismo día en el que ya no alcanza la memoria, se jugaba con una pelota de cuero, hechas sus entrañas con tripas de gato, que se lanzaba contra la pared dándole un fuerte golpe con la mano. La pared devolvía la pelota una y otra vez a la mano de otro jugador. Algunos días se hacían apuestas entre los jugadores y los espectadores. Los más infelices, siempre apostaban a favor de quienes perdieran... y así ganaban una nueva ilusión para otro día.
Luego vino el cinematógrafo.
Y los bailes con orquestinas.
Durante la República, desde la asociación Iris creada para la organización de bailes verbenas y actividades festivas para los jóvenes, celebraron en este lugar los bailes de los días de fiesta a la media tarde.
Esta era una asociación de jóvenes de izquierdas.
En las fiestas de 1935 nace la Sociedad de baile Unión y alegría. También para poder organizar bailes los domingos y días de fiesta, pero eso sí: desde las más elementales normas de moral.
Estaba la nueva sociedad gestada por algunos jóvenes que había puesto su voluntad en los designios de las derechas.
Al baile unos entraban por una puerta y los otros por otra
En aquel verano de 1936 los jóvenes de la Unión y la alegría salieron a matar a los jóvenes de la Asociación Iris ¡y los mataron!
Resulta curioso cotejar las juntas rectoras de las dos asociaciones.
¿Dónde se puede encontrar otro hito más determinante en la historia de un pueblo que este Trinquete que acaban de derribar?
¡Pues nada que lo han derribado…!
Solamente queda un hueco grande para llenarlo de lágrimas.

CUARTO TEXTO.                                           
Cuando era niño esta plaza era sagrada.
A esta plaza solamente llegaba cuando venía con mi abuelo.
Una acacia señorial, la Caja de ahorros, el Crédito Navarro, la casa de teléfono… y la casa de Doña Paca con la que tenía negocios.
Los cuatro lados de la plaza andábamos cada tarde que veníamos.
La casa de Doña Paca, todas las cosas tienen el nombre que les ha puesto de niño. Una casa tan grande que ocupaba todo el lateral de la plaza. Con una puerta grande por donde entraba la gente que quería y otra puerta pequeña por donde cada cual sacaba lo que había encontrado. Y sus dos balcones  que miraban a la plaza pero desde los que seguramente, se podría ver el mundo entero.
Y un escudo blanco tan grande que hubiera sido imposible ponerlo en una moneda de diez duros. Una casa que por fuera era más grande que un palacio y que mirada hacia dentro, desde las puerta entre abiertas, no había mirada que llegara a ver el fondo…
¡Que casi daba miedo de tan oscuro como estaba…!
Entrábamos adentro, porque doña Paca nos decía sube… y al pasar se veía que  todo un mundo se escondía tras las escaleras. Subir y mirar entre los barrotes de la baranda de hierro  era como mirar las cosas del pasado, aquel que los niños mirábamos con poca fantasía, para traspasar lo desconocido y sentir desasosiego.
La casa Doña Paca había sido una de las casas que asentaron nuestro pueblo dando forma a su plaza... y era un hospital… ¡de la orden de San Juan de Jerusalén de los hospitalarios…! Dicen.
Luego, como consecuencia de las desamortizaciones, fue a parar a manos de no sé quien y luego a las de no sé cuántos.
Entonces creo que adiviné que era una casa importante en la historia de mi pueblo. Luego supe que en ella sucedieron tantas cosas tan inconfesables como nadie pudiera imaginar

La tiraron para hacer una oficina de la Caja Rural
La misma Caja Católica  nacida en esta misma Casa en el año 1932… para socavar los cimientos del Sindicato de jornaleros.
Pero ellos no lo sabían... porque están cubiertos de ignorancia.
Pudieran haberla conservado como lo han hecho en otros sitios.
Unos y otros se suceden y reproducen intuitivamente,
Pero siempre van a lo mismo… a lo suyo.

QUINTO TEXTO.                                         
Nadie sabe nunca, jamás imagina... lo que le va a deparar la vida.
Los pocos años, no sienten qué nos dolerá con el paso de los años.
Los males y las heridas nos aparecen sin saber porqué.
A mí, a los sesenta años que estoy vivo, me duele mi pueblo.
Este pueblo cuyas calles recorrí de niño.
Me duele la luz que llevo grabada en mi retina… y la frescura de los aires que sonrojan mis mejillas… el olor a verde de los campos en este mes de agosto… me duelen sin remedio.
Un pueblo del que un día hube de huir ¡aunque tarde en saber que era desterrado…! para luego volver a vivir entre sus sombras.
En estos años de vuelta, hablo con personas que son algo mayores que yo, y me demuestran, que ellas no recuerdan nada de nada… nada saben de la historia del pueblo. De niños tuvieron la sensación de nunca se podía preguntar sobre lo que fue ayer… y nada preguntaron… y total… ¿para qué…? ¿para qué sirve…?
Y de lo que había aquí antes de treinta y seis, estas personas mayores, aunque quizás para aquellas fechas ya hubieran nacido, ni siquiera recuerdan que existiera el pueblo.
Si escucho a la gente menuda, que en estos tiempos se lo saben todo, solo alcanzan a gritar ¡Vaca a la calle…! y ¡Viva Santa Ana!
Las gentes, estas que prefieren no saber de su pasado, la verdad es que no me duelen, pero hacen daño incurable, porque a este pueblo lo tienen muerto sin respetar su vida. Su obcecación están secando las raíces necesarias para agarrarnos a nuestra tierra.
¡Malditas gentes...!
¡Malditas autoridades...!
¡Malditas lenguas pías y benditas..,!
¡Maldita historia colmada de relumbrón y orgullo…!
Hoy he de reconocer que me duelen mi pueblo y su historia.
Y desde que procuro su memoria… ¡más que nadie me duelen aquellos hombres que fueron asesinados por su voluntad de querer cambiar muestro pueblo y nuestra historia…!
Me duelen aquellos que han sido olvidados y denigrados.
No me duelen ni sus gentes ni sus dirigentes.
No me duelen sus dimes y diretes
Por eso digo lo que digo.

SEXTO TEXTO.                                 
Por este camino por el que hasta ahora hemos andado, si lo hubiéramos hecho hace ochenta años, hubiéramos paseado a la sombra de más de cuarenta acacias y nos hubieran acompañado el canto de mil pájaros diferentes. Nuestros pasos hubieran sido escoltados por el raseo inocente de las valientes golondrinas que tenían sus nidos en los aleros de las casas más altas.
Estamos en una de las calles más antiguas del pueblo.
Esta es la calle que supuso la primera expansión limitando las fronteras del pueblo con el cauce del río, colocando las traseras de las casas, allí hasta donde llegaban sus aguas con sus riadas.
En esta calle de casas señoriales, que también se van quedando abandonadas, vivían las familias de más rancio apellido y estirpe. Sin embargo había una casa baja, muy vieja, con arco armado con cinco piedras, que quería ser un soportal de medio punto y que a duras penas se sujetaba en una gran puerta de madera.
Una casa que estaba señalada por un escudo colocado en la pared.
Recuerdo esta casa porque era la más pequeña, la más coqueta de las que había en esta calle en la que viví de niño. Brillaba tristeza.
La calle estaba más alta que la casa… a la altura de un salto.
La casa tenía el suelo de tierra y unas escaleras de arcilla.
Dentro de la casa olía diferente a las casa de los vecinos, quizás porque el corral era tan pequeño que no tenía cuadras ni animales.
Recuerdo que era en la que vivía el tío Antonio Pínzolas pero había sido hospital de peregrinos desde hacía quinientos años.
Era la casa en la que estaba recogida la familia de Alfonso Marquina el 23 de Julio de 1936 cuando lo asesinaron junto al secretario Martín Domingo. Entre sus paredes se refugiaron Vicenta la esposa del alcalde con sus hijos Alicia, Esperanza y Armando. En esta casa, a las cuatro de la tarde, pudieron oír los disparos que descerrajaron los guardias civiles para matarlos.
Esta casa también la tiraron un día.
Sin pensárselo dos veces. ¿Para qué...? ¡Habrase visto...!
Y le pusieron una puerta de hierro adornando la tapia blanca tras la que enterraron  sus miedos y sus recuerdos.
¡En cuatro días ya no sabe nadie lo que aquí había...!
Dijeron... ni dónde están guardados el escudo y las cinco piedras.

SEPTIMO TEXTO                                                    
De punta a punta de esta calle, en el verano de 1936, los alzados, sin pena ni gloria, sin más mérito que la fuerza de sus armas, mataron las vidas de: Gregorio Almíngol, Cayo Morales, Faustino Aguirre, Gregorio Doiz y Jesús Minchinela y Antonio Sáez.
Poco a poco llegamos al punto en el que se levantaba una casa muy grande que parecía estar clavada en un mundo utópico.
Una casa llamada hospital… aquí traían a curar  a los enfermos.
Tenía dentro, un convento, una iglesia, mil alcobas, un lavadero, una carbonera... era grande por todos los lados que la miraras.
También tenía una torre de ladrillo en lo alto de su mirada, que en lo más alto todavía, tenía una campana con un sonido muy agudo, que solamente sonaba a rebato cuando en el pueblo ocurría alguna desgracia y algún vecino precisaba de ayuda inmediata.
Alguien dijo alguna vez… que esta torre la construyeron hace mil años, unos albañiles utilizando los mismos andamios y escaleras que se utilizaban para subir a los niños al cielo, y luego también dijo que… los capachos de esparto que utilizaron para trasegar el barro con los que juntar los ladrillos, fueron los que luego muchas usaron las madres en sus casas para guardar a sus hijos recogidos.
El campanario con su campana vivía en una vigilia permanente.
Todos los vecinos estaban atentos a su llamada porque sabían que en aquel campanario de ojos pequeños anidaba las cigüeñas y las cigüeñas eran las primeras que avisaban de cualquier sucedido.
Pues nada que un día dijeron de tirar la casa abajo ¡Y la tiraron sin decirle a nadie nada…! ¡Para que nadie dijera nada!
Y pusieron la correspondiente pared y las puertas de hierro
Pasado el tiempo, nadie recuerda como lloraban la cigüeñas aquella mañana cuando las desahuciaron de su casa… el otro día me dijeron que algunas todavía andan vagando por el campo y cubriéndose de la intemperie en los ribazos más frondosos.
A las más viejas de todas, a veces se les sorprende, queriendo ver sin ver, sintiéndose morir estando vivas, desorientadas en lo más alto del cielo sin saber dónde posarse ni dónde alzar el vuelo.
Ahora… frunciendo el entrecejo… si la conseguís divisar… si miráis al cielo… podéis comprobar que desde esta torre pequeña y estirada, pudiéramos haber cumplido todos nuestros sueños.

OCTAVO TEXTO.                                                    
Hoy hemos traído  este camino… para llegar hasta aquí;
Al fondo del paisaje, tenemos el Cabezo del fraile.
El sol, gasta casi toda, su luz en alumbrarlo.
Es alto, imponente, gigante como la más grande de las fábulas.
Hace años unos jóvenes quisieron entrar por dentro y siguieron el gran pasadizo interno con unas linternas de carburo... y se tuvieron que volver porque se apagaba la luz tan oscuro como estaba.
Cuando por aquí se paseaban los romanos y al parecer había en el entorno unas piedras que cruzaban el río y que propiciaban unos BAÑUELOS. Reconocer así a estos baños y su entorno, pudo ser lo que extendió la costumbre de llamar así a esta zona: Buñuel… por aquellas piedras que  atravesaban el río de parte a parte.
Más tarde, al otro lado del Ebro, los musulmanes de que los que había por aquí para la invasión, vivían en aquellas tierras ariscas y soleadas de las Bardenas sin ningún problema acostumbrados como estaban a vivir en las arenas áridas del desierto.
Nosotros vivíamos aquí, en este lado… Y ellos allá.
Pero ellos llegaban hasta aquí, para conquistarnos, atravesando el río por un túnel, y por debajo de Los Pedretes, llegaban al pueblo.
Esta es la historia en formato infantil para quienes nacimos aquí.
Pues bien… un día pensaron que había que volar los Pedretes.
Llamaron a los militares y con cuatro cartuchos los volaron.
Las autoridades fueron testigo para dar por buena la barbaridad.
¡Y hacer puñetas Los Pedretes…!
Una gran explosión en la que se mezclaron las aguas con las piedras reventadas de Los Pedretes, tiñó el cauce del río… ¡y destruyó las casas y los jardines de los peces que vivían allí…!
¡Ya no habrá más riadas…!
Nadie lloró aquel desmán de los hombres pensadores del pueblo.
Cuando vuele: ¡sacad unas fotos para guardar en el Ayuntamiento!
Pero NO. ¡NO! No hicieron las fotografías de aquella explosión para colgarlas en algún sitio y para dejar constancia de de Los Pedretes como pilares fundamentales de nuestra historia, sino por la proeza de hacerlos volar por los aires y como prueba de que no pararán ni ante nadie, ni ante nada: ni humano ni divino… y que todo que esté en contra de su querer… saltará: como hicieron reventar la República.

NOVENO TEXTO.                                               
Alimentado con el dolor del olvido, el vacío del recuerdo y la falta de memoria, no me resulta muy difícil manifestar que vivimos en una tierra harta de gentes amorfas y apáticas.
Una tierra de bárbaros e ignorantes.
Después del paseo que hemos dado esta tarde, tras una reflexión sencilla y sensata, sin caer en la duda razonable, podemos sacar esta conclusión y pensar si es verdad que estamos en el siglo XXI.
¿Qué ha sucedido en esta sociedad de la corrección política...?
Desde una suerte de mesura y prudencia, hemos llegado hasta este día soportando una lógica social que se sabe: marrullera, hipócrita, mentirosa y sin conciencia, muy difícil de entender y asumir.
Solo así podemos entender que desde aquel verano de 1936 en el que se realizaron los crímenes que esta noche hemos recordado, ¡ocho décadas! se hayan sucedido diferentes partidos y gobiernos en el poder: nacional, regional y local ¡sin que ninguno ninguno de ellos...! haya hecho por destapar aquellos crímenes y sus secuelas, y en todo caso, todos han hecho por ocultarlos y olvidarlos.
El silencio es el cómplice de todo aquello que se calla.
Todos los que callamos somos cómplices: la sociedad es cómplice.
Año tras año, la mayoría social ha visto bien que todo se calle y desconozca. Al parecer, ahora todos están revueltos, por cierto ligados por una sustancia tan común como la mierda, una materia, que la sociedad sabe que indefectiblemente no se puede remover.
El sistema político existente, es un sistema perverso que llegará a justificarse en la medida en la que siga ganando la ignorancia y el silencio y que consigan que las fiestas populares se vivan en paz.
Así conseguirá que convivamos con su podredumbre diaria.
Que vivamos como si fuéramos tontos de gran saber y cultura,
La ignorancia no tiene precio para las hordas del bien.
Destapar y reconocer estos crímenes y en la medida de lo posible, dar una satisfacción a su memoria, debería ser lo normal en una sociedad culta, que ha de ser sensible a los problemas que producen todas las violencias y tiranías.
Los reconocimientos que nos hallamos, son los de la asociaciones de memoria, que sólo buscan: un cierto el relumbrón social y consideración política para alcanzar lo suyo quienes las manejan.

DECIMO TEXTO.                                                
Los alzados en este pueblo hicieron un monumento a los caídos por España, en honor de su victoria, y lo colocaron delante de la puerta de la iglesia,  para honrarlo cuando iban hablar con dios.
Hubo un párroco que tenía la puerta trasera de la iglesia siempre abierta, para que las hijas de los asesinados, que asistían a misa, no tuvieran que pasar por delante de la gigantesca cruz.
Los hombres que desde las bambalinas de la política y del poder local mantienen en la actualidad esta cruz en pie, son hijos de algunos de aquellos que se alzaron en armas aquel verano de 1936.
Hoy esta cruz resume su historia y por esa cruz fascista dieron su vida sus peones. Los nombres inscritos valen de héroes y víctimas.
Con ella justifican toda ignominia y hacen provechosa su victoria.
Todavía hoy está levantada ¡ahí! mismo, para oprobio de quienes observamos la vida del pueblo con un poco de fundamento.
Los vencedores al más alto nivel, para honrar su gloria, también hicieron un monumento a los Caídos en la capital, en Pamplona.
¡Es como el vaticano en pequeño... un vaticanico...!
Mucho más grande y de más postín.
El monumento era tan grande y tenía tantas ínfulas con sus grandes escalinatas y su cúpula astral, que vino Franco en persona a inaugurarlo y le pudo echar su bendición de: uno, grande y libre.
¡Arriba España...! ¡Viva Franco...!
Ahí está... y nos enteramos que para mañana... las autoridades quieren que siga ¡ahí para siempre…! Para oprobio y escarmiento de quienes observamos la vida sin más interés que el que exige un poco de fundamento.
No importa que sigan honrando la memoria de los criminales, ni el dolor que produjo su construcción, ni el desafío que supone que aquellas piedras se labraran con sudor y sangre republicana.
Parece ser que todos confían en la falta de memoria de la gente.
Destruyen unos recuerdos sin pudor ni escrúpulo.
Y saben mantener levantados otros recuerdos de: dolor y olvido.
Todos recuerdan y hacen que los recuerdos nazcan en 1936
Todos quieren que nuestra historia empiece en 1936.
Con su transición y su democracia.
Con su moral y sus costumbres.
Con sus vírgenes, sus santos y sus procesiones.

2 comentarios:

Miguel Sanz De Jesús dijo...

Curioso como en realidad vivíamos la victoria de 1936

Miguel Sanz De Jesús dijo...

Curioso como en realidad vivíamos la victoria de 1936